Sandra Carolina Bautista Bautista
Docente de la Licenciatura en Ciencias Sociales
Integrante del CEPAZ
La radicalización de las derechas en América Latina en el último quinquenio es un fenómeno social y político que amerita diversidad de abordajes. El gran telón de fondo es la crisis del capitalismo arrastrada a lo largo de las últimas dos décadas y que tuvo en el periodo de pandemia uno de sus puntos más críticos. De allí han emergido presidencias como la de Javier Milei en Argentina o Nayib Bukele en El Salvador, pero también experiencias de signo contrario como la colombiana o la chilena con Gabriel Boric.
Otro elemento para abordar el tema se relaciona con los límites, contradicciones y francas equivocaciones acumuladas en los gobiernos progresistas, que, si bien contribuyeron a cerrar una deuda social con los sectores populares del continente, encontraron grandes dificultades para construir hegemonía en el sentido planteado por Gramsci, es decir, como un proyecto cultural con un horizonte colectivo diferenciador frente al neoliberalismo. También resulta pertinente pensar en la colocación de las derechas radicalizadas en los niveles regionales y locales de gobierno, o la diferenciación entre los procesos en lo estatal formal y las dinámicas societales. Esto último implica abrir la pregunta sobre cómo avanzan los valores, ideales y las formas de relacionarnos de corte ultraconservador en la cotidianidad.
Frente a las anteriores posibilidades es necesario considerar el papel de uno de los escenarios de articulación regional y global que mayor expansión e impacto está generando: la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), el foro de la derecha más antiguo de los Estados Unidos, promovido por primera vez por la Unión Conservadora Americana en 1974, justo después de la sentencia que despenalizó el aborto en ese país la cual fue reversada en junio de 2023. Los principios rectores de la Conferencia corresponden al canon básico de la ultraderecha internacional: la defensa de la libertad vista desde la lógica de mercado, el derecho a la propiedad y a combatir el socialismo en versiones que fabulan alrededor del riesgo inminente de destrucción a la civilización occidental, en una perspectiva entroncada con el fascismo y el merchandising.
Este foro de la derecha más recalcitrante, considerado por algunos/as como el Disneyland de los conservadores, ha tenido un despliegue cada vez más definido gracias a las dos presidencias de Donald Trump, quien siempre encabeza la lista de oradores centrales junto a sus asesores y exasesores como Elon Musk. Desde que Trump asumió por primera vez el cargo de presidente en 2017, la CPAC ha logrado reunirse de manera anual, congregando a líderes de ultraderecha de diversos países del mundo, incluida María Fernanda Cabal, fiel asistente a tales eventos.
Una de las claras apuestas de este escenario de articulación que ahora se considera como un movimiento global es justamente su expansión, con el firme propósito de confrontar lo que denominan “la amenaza socialista” en supuesto crecimiento gracias a la mayor influencia de China en el mundo. Es decir, la CPAC es una pieza más en la disputa por la hegemonía global que potencia y renueva la idea del destino manifiesto, con la cual Estados Unidos se posicionó como potencia imperialista desde finales del siglo XIX.
En América Latina la ultraderecha se ha reunido en las conferencias de Brasil (2019 y 2021), México (2022 y la de 2025 fue cancelada), Argentina (2024), Paraguay (2025) y en Miami (2025). La intensificación de estos encuentros da cuenta de la urgencia por abordar la región e impulsar, por todos los medios, gobiernos de derecha y la derechización misma de las sociedades latinoamericanas bajo la tutela del proyecto político de Trump.
De esta articulación, al menos tres asuntos llaman la atención. Primero, la insistencia en que lo que está en peligro es la civilización occidental, entendiendo por ello la familia heteronormada, el matrimonio, el cristianismo o catolicismo y la libertad de mercado, mensaje que sigue calando y generando réditos electorales. Segundo, la cruzada anti-derechos que ya dio frutos con la prohibición del lenguaje de género en las administraciones públicas de Argentina y El Salvador, anudada a la negación de las diferencias salariales entre hombres y mujeres. No cabe duda de que el siguiente punto en esa agenda será la vulneración de los derechos reproductivos.
El tercer asunto es el empeño por desarrollar la movilización de masas, tanto en la disputa de la calle con la convocatoria de protestas como en la captura del mensaje de mayor circulación en el debate político y el sentido común de las personas, esto a través del uso de redes. Respecto a las marchas y protestas, los resultados son diversos, pues hasta el momento logran mayor contundencia en Brasil y un poco menos en Colombia. Sin embargo, la capacidad para disputar la calle tiene un correlato directo con la viralización de mensajes en redes sociales como Tiktok que, entre otras cosas, permite que los discursos de odio quedan encubiertos por la inmediatez.
Vale reiterar que estas reflexiones no pretenden explicar el fortalecimiento de la ultraderecha en América considerando la acción de la CPAC como único factor. Pero es importante no perder de vista la creciente articulación de esta corriente a nivel continental como elemento diferenciador del momento que vivimos.